Polvo eres y en polvo te convertirás…

(Este post fue publicado originalmente el 3 de febrero de 2010)

Recuerdo aquel verano, hace más o menos veinte años, cuando aún no había visto ningún muerto. Entonces, entre mis amigos había un chico de Fuenlabrada que pasaba un mes de vacaciones en el pueblo. Para él todo lo que fuese salir de la rutina habitual de la ciudad era una aventura. Estaba siempre decidido a hacer cualquier cosa sin pensar en las consecuencias. Un día por ejemplo se subió a un tractor y lo puso en marcha, cuando digo en marcha no hablo de arrancarlo, sino de ponerlo en movimiento… Las consecuencias más graves las sufrió un mítico Renault 6 de mi padre que tuvo unos abollones de por vida y menos mal que sólo le rozó…

No quería irme tanto por los cerros de la Serna. Lo que pensaba contaros era otra historia, aunque con el mismo protagonista.
Una tarde de aquel verano, las campanas del pueblo empezaron a doblar. Durante esos minutos siempre se produce un silencio sepulcral, es como si todo se paralizase alrededor para poder escuchar mejor (dependiendo del tañir final de las campanas se puede saber si el fallecido es hombre o mujer y si es del lugar o familia de alguien del lugar).

El caso es que el muerto era del pueblo y lo enterrarían al día siguiente. En aquellos años el cementerio era muy pequeño y nadie tenía una tumba en propiedad, sino que iban rotando, es decir, cuando se llenaba el cementerio, se volvía a cavar en la tumba más antigua, se apartaban los restos que hubiese, se hacía hueco al nuevo inquilino y así sucesivamente. Mi amigo, no sé cómo, terminó en el cementerio viendo como cavaban la tumba. Según nos comentó, se había quedado viendo al enterrador trabajar porque había oído a una anciana decir que allí había enterrada una mujer muy buena, una santa y que seguro que cuando abriesen el ataúd estaba incorrupta…

Tras unas horas cavando el enterrador dio con el ataúd y avisó a la anciana, pero cuando lo abrieron allí no encontraron nada incorrupto… El chico de Fuenlabrada sólo me contó que la mujer enterrada tenía un pelo y unas uñas larguísimas y que tanto él como el enterrador vomitaron nada más “descubrirla”. Al parecer y para suavizar la impresión el hombre le dijo a la anciana: “Señora ahí tiene a su Santa”.

Toda esta historia la he recordado al ver las fotografías tomadas por David Maisel, en un antiguo hospital psiquiátrico de Oregón, EEUU. Allí está la “Biblioteca del polvo”, una habitación donde se almacenan cientos de botes de cobre. El paso del tiempo los ha ido oxidando y han adquirido diferentes colores. Estos curiosos recipientes contienen las cenizas de los pacientes que fallecieron en el hospital sin ser reclamados por sus familiares. Tanto en el caso del ataúd como en el de los botes, el orden de los factores no altera el producto.

Por cierto mi amigo tuvo pesadillas todo el verano.

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